- 1 La cita y los datos cuantitativos pertenecen a Usunáriz, en prensa.
- 2 “Mientras los tres Estados del Reino de Navarra permanecían reunidos en Pamplona, en Estella o en (...)
1Permítaseme comenzar trayendo a estas páginas el fragmento anónimo que reproduce J. M. Usunáriz1 en un estudio sobre la historia social de la injuria. El texto citado pertenece a un “memorial de ratonera”2 de 1684:
Los pleitos […] criminales sobre palabras injuriosas, los cuales, son tantos, cuantos la irascible en enojos se destempla y pasándose a la lengua con su humedad nativa, resbala en agravios y se precipita en baldones contra el inferior, contra el igual sin perdonar al superior. Y aunque conozco que la ira es uno de los humanos afectos, cuyo tribunal es la cólera, uno de los cuatro humores que nos componen y pretenden que los hombres no vivan expuestos a sus efectos, es querer que se despojen del ser de tales, lo cual, aunque no es imposible, casi no llega a ser en los más que despojados con la cólera de la razón, prorrumpen en ira y en palabras destempladas y aun por eso se dispuso en la antigua jurisprudencia que para que la injuria lo fuese se ratificase en la serenidad de la deliberación lo que se dijo en la tormentosa borrasca del enojo.
- 3 AGN, Legislación general, leg. 8, carp. 5.
El daño, Ilmo. Sr., está en que es juez de la injuria el que se supone injuriado y conforme su pasión acrimina su ofensa y como no hay ley que declare la que verdaderamente lo es, cada uno hace la aprehensión según le dicta el deseo de ver castigado a su contrario3.
- 4 Este autor señala tres vectores de dirección inversa al comparar el insulto en español y en inglé (...)
2Bastarían estas palabras como representativas del relevante papel de la injuria en la sociedad aurisecular; con todo, al testimonio personal cabe añadir la objetividad y elocuencia de las cifras, que cuentan 7883 procesos por injurias entre 1500 y 1835, concentrados mayoritariamente entre los siglos xvi y xvii (78,3%) y en especial –un 48,4%– en el siglo xvi, sobre todo en los años que van de 1530 a 1630. No parece, así pues, que deba limitarse al momento presente el tópico sobre el uso especialmente frecuente del insulto por parte de los españoles, tal como refrendan estudios constrastivos sobre las lenguas y culturas actuales. García-Medall (2008: 675), por ejemplo, concluye que nuestra lengua posee, frente al inglés británico, mayor productividad del insulto directo dirigido a un receptor y mayor creatividad en la manifestación del enfado indirecto respecto a su interlocutor. En tal grado se ha producido en español lo que este autor denomina “democratización” del insulto y de las “palabrotas” que estas han perdido, al menos en parte, su capacidad de generar conflictos4, lo que acaba propiciando que la cultura hispánica se manifieste como una cultura del “insultar débil”; a este proceso contribuye, asimismo, el valor intracultural que cada comunidad otorga a este acto de habla:
Si en una sociedad el insulto es visto como una intervención que atenta contra la autonomía del otro y este valor constituye parte de la organización mental y social de la comunidad, el insulto tenderá naturalmente a restringirse e incluso se censurará su empleo con severidad en las relaciones sociales. Por el contrario, si en una sociedad, el valor primordial no es la autonomía personal sino la pertenencia al grupo que se quiere igualitario y solidario, entonces el insulto habrá de ser incorporado como una manifestación relativizada del conflicto, puesto que el receptor se diluye de algún modo en la identidad del colectivo. (García-Medall 2008: 671)
3En otras palabras, el ethos cultural del español no se comporta de modo restrictivo respecto al empleo público del insulto, lo que trae como consecuencia su rutinización y la falta de efectividad comunicativa a la que antes me he referido (véase Hernández Sacristán 1999 y García-Medall 2008).
- 5 García-Medall (2008) expresa esta idea, referida a sociedades distintas, al hablar del acto de tr (...)
4La aplicación de estas consideraciones a la época de nuestro corpus, la España Moderna, que muestra los datos anteriormente mencionados sobre la extraordinaria cantidad de pleitos por injurias, no reafirman, en cambio, la incapacidad polemizadora de los actos de habla insultantes o su neutralización, en la medida en que estos, según se ha visto, seguían provocando la reacción por parte del injuriado. Esta discordancia se aclara, sin embargo, si trasladamos a la distancia cronológica de una misma sociedad la diferencia de ethos cultural que, según se ha dicho líneas más arriba, atribuye un valor relativo distinto a las expresiones insultantes5. Parece que la sanción legal de la injuria en los siglos xvi y xvii, y aún antes, que poseía además constatación económica, avala la permanencia de la capacidad polemizadora del insulto, a la que serviría asimismo de fuente de retroalimentación. Todavía más, siquiera para aquel momento resulta indispensable la distinción, no siempre existente, entre dos tipos de insulto, de acuerdo con su intención: el que persigue la ofensa frente al que nace de la necesidad expresiva del emisor, que da rienda suelta a su enfado con la verbalización de juramentos, al menos aquellos que no tienen un destinatario ni un referente; desde el punto de vista enunciativo estos últimos funcionan como intensificadores o refuerzos de lo dicho. Para refrendar esta afirmación atenderemos en los apartados que siguen a la información que distintas fuentes, con especial atención a las lexicográficas, ofrecen sobre el insulto en la sociedad aurisecular.
5En las últimas décadas van aumentando en número los estudios dedicados al papel de la injuria a lo largo de la historia. Tanto la perspectiva histórica como la lingüística se han encargado de examinar fuentes de diversa tipología y datación para interpretar la función de un elemento, verbal y no verbal, cuya presencia reiterada en los textos, sobre todo legislativos (fueros, leyes, etc.) y doctrinales, declaraba explícitamente su relevancia social. Resulta paradigmático en este sentido el análisis de la sanción de la injuria en la Castilla medieval (véase Madero 1992 y Castillo 2004) a través de sus fueros, que contienen un número elevado de supuestos injuriosos, lo que refleja su trascendencia en el mundo medieval. Como señala Madero, la injuria representa un sistema de valores –de “metáfora social” habla la autora- en el que, por ejemplo, un cuerpo enfermo se convierte en el efecto de una traición o la fealdad resulta consecuencia de un comportamiento transgresor o corrupto, “que a su vez remite a la inevitable representación de un determinado patrimonio genético” (Madero 1992: 21). Funcionalmente, además, la injuria se manifiesta como un intercambio:
Es un mensaje destinado inevitablemente a un tercero. […] La injuria es a la vez un desorden y una reorganización. En realidad, más que destruir la honra, la roba o la desordena. En sus formas verbales puede ser una denuncia, una manera de señalar desviaciones o marginalidades (Gautier-Dalché, 1983; Gompertz, 1978). El injuriante puede adoptar así el tono del satirista indignado. Pero la injuria no siempre funciona como una especie de policía mundana sino que puede ser un ejercicio violento en el que se esgrime un sistema de valores, una clasificación, con fines puramente personales. El que injuria intenta instaurar su propio valor mediante la destrucción del valor del otro apelando a una forma efímera del poder que se ejerce “devorando la sustancia de los otros” (Balandier, 1969: 72). (Madero 1992: 22)
- 6 Señalan Segura y Usunáriz que las legislaciones castellana y navarra de estos siglos no se ocupan (...)
- 7 “Junto a las Instituciones, o explicaciones de la moral impartidas durante los cursos completos d (...)
- 8 La clave para considerar “pecado” la palabra injuriosa residía en el efecto desastroso que esta e (...)
6Esta relevancia se extiende a la sociedad de la España Moderna, que sigue manteniendo en su legislación disposiciones y artículos sobre este delito6, lo que provoca, como veíamos antes, la interposición de demandas ante los tribunales correspondientes. Asimismo, los textos doctrinales, representados en este momento por los Manuales de Confesores –compendios de casos concretos de confesión7–, califican la injuria de pecado grave y señalan, como resume Usunáriz (en prensa), tres tipos: por escrito (“libelos famosos”), por obras (golpes, heridas) y “por palabras de afrenta”, llamadas también estas últimas “convicio, improperio o maldición”. Los teólogos de aquellos siglos distinguían a su vez, según recoge el mismo autor, otras tres clases de “palabras de afrenta” de acuerdo con las condiciones de verdad o falsedad y la publicidad, a saber, las que se dicen en presencia del agraviado y son infamias falsas, las que son verdaderas pero no se conocen públicamente y las palabras que son verdaderas y públicas8.
- 9 Me refiero de este modo al Fuero Reducido de Navarra.
- 10 En el FRN se legisla además sobre las “palabras por la quales pelean los hombres”: “Estas son las (...)
7En definitiva, el hecho es que desde la sociedad medieval se legisla y se sanciona como delito el uso de voces y expresiones insultantes: llamar traidor o leproso públicamente al padre o puta a la madre (“si le llama traidor o leproso ante hombres buenos, o le diçe algun otro crimen. Y lo mismo en la madre si llama puta”, FRN9: lib. 3, tit. 7, cap. 4) puede costar la herencia al hijo de la misma manera que pagaría tres libras quien dijera a un converso o cristiano nuevo renegado, tornadizo, perro o retajado (FRN, lib. 6, tít. 6, cap. 25)10.
8Tratándose de un delito verbal, esta reiteración temática de la injuria en los textos auriseculares debería contar con reflejo lingüístico y a esta comprobación se van a dedicar las páginas que siguen, examinando, puesto que de palabras se trata, el devenir lexicográfico de algunas voces injuriosas encontradas en documentación del siglo xvi.
9Según se ha señalado más arriba, fueron innumerables los pleitos por injuria verbal, que respondían generalmente a una estructura determinada, como describe Usunáriz (en prensa):
En un primer momento se presenta una «queja» especialmente por el afectado y, en menos ocasiones, por el fiscal, que inmediatamente da lugar a que el alcalde o los oficiales de la localidad inicien una «información». Esta información se basa, casi exclusivamente, en el testimonio de los principales testigos que en ocasiones, casi de forma inmediata a los hechos, relatan lo que han visto y oído y que recoge fielmente ‑o traduce fielmente‑ el escribano. Esta queja da lugar al inicio de una demanda ya en el tribunal de la Corte, presentada de nuevo por el afectado y su procurador y respondida por el demandado y su representante legal. Tras ello, ambas partes presentan un interrogatorio de testigos que es respondido por estos. En no pocas ocasiones, durante los primeros momentos, el injuriador es remitido a las cárceles reales de donde procurará salir mediante el envío de diferentes instancias a los jueces alegando pobreza, abandono de su familia, hambre o enfermedad. Este proceso puede terminar, no necesariamente, con una sentencia. Cuando esta se da, no es infrecuente la apelación que lleva el proceso a las salas del Consejo real para su sentencia definitiva.
10De los procesos por injurias celebrados en Navarra durante el siglo xvi procede el corpus, constituido por más de quinientas causas del siglo xvi (cf. Tabernero 2011 y 2013a y b). De él se han extraído los términos cuya revisión lexicográfica acometo en este trabajo y de los que se proporciona, a modo de anexo, una relación en las páginas finales. Como se podrá comprobar, se trata de 168 vocablos a los que habría que añadir las distintas combinaciones a partir de un mismo núcleo (por ejemplo, puta açotada, corrida, limpiada, cantonera, escaldada, probada, etc.).
11En su estudio de 2003 sobre el insulto M. Colin realizaba un análisis sobre la representación lexicográfica del insulto con dos objetivos. El primero de ellos consistía en averiguar si este tipo de voces recibe registro en la obras actuales; de él se derivaba el segundo, centrado en el modo como aquel se representa en las fuentes que lo contemplan. Este estudio permitía a la autora concluir respecto a los repertorios generales –los que aquí nos interesan– que el insulto forma parte fundamentalmente de las obras especializadas, asociado al argot, al caló y a la germanía, aunque los diccionarios generales más recientes, guiados por criterios etimológicos, lo incluyen parcialmente; en aquellos casos en que se lematizan voces malsonantes, estas se marcan de distinto modo y en su definición se atiende sobre todo a aspectos sintácticos; en último lugar, la información pragmática se ofrece a través de contextos de uso “en lugar de indicar sanciones directas” (Colin 2003: 420).
12El corpus de Colin considera tanto términos insultantes como aquellos que pueden no serlo (cabrón/puta); entiendo, sin embargo, como señalaba al comienzo de este trabajo, que resulta conveniente, al menos para la sincronía que se atiende, la separación entre ambos por responder a funciones pragmáticas y discursivas distintas.
13El objetivo que me planteo en estas páginas parte de la concepción del diccionario como reflejo sociocultural, ceñido en gran medida, por supuesto, a la tradición que impone el discurso lexicográfico. Esta consideración de la obra lexicográfica como compendio de los usos culturales y sociales de un momento se manifiesta de modo extraordinario en el primer diccionario monolingüe –el Tesoro de Covarrubias–, que no participa todavía de la lexicografía moderna, más libre, por tanto, en la observación de las tradiciones. Ahora bien, también el tratamiento del insulto –en presencia o en ausencia– en las fuentes posteriores, desde Autoridades hasta el momento actual, hablan social y lingüísticamente sobre el papel que representa la injuria verbal para los hablantes.
- 11 Ya hemos señalado antes cómo Colin llega a la conclusión, en su análisis de obras lexicográficas (...)
14Por esta razón –su carácter de compendio sociolingüístico– me interesan únicamente los repertorios de carácter general, a los cuales, por otra parte, resulta inadecuada, según el momento cronológico, la aplicación de interrogantes que solo se ha planteado la lexicografía en época relativamente reciente, como la introducción de determinados subconjuntos léxicos en las obras de carácter general11. Es cierto, no obstante, que data del siglo xvi el primer vocabulario de germanía; me estoy refiriendo a la recopilación de los romances de germanía, de Juan Hidalgo, publicada en Barcelona en 1609, al que el compilador añadió un vocabulario “por orden del a b c para declaración de sus términos y lengua”. Sin embargo, el autor no incluye entre sus voces ninguna de las consideradas injuriosas por la legislación ni por los hablantes, cuya conciencia en ese sentido no presentaba dudas, como prueba el constante recurso a los Tribunales de Justicia. Esta ausencia bien podría significar la consideración de las palabras injuriosas como parte del vocabulario común.
15Esta suposición es la que me ha llevado a constatar la presencia o ausencia de las voces del corpus en Covarrubias y en el repertorio más próximo, el Diccionario de Autoridades, y a seguir su historia lexicográfica en los diccionarios recogidos por la Academia en su Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua española. Las gramáticas del momento, que constituirían otra fuente de estudio para el uso de este tipo de voces, han sido revisadas ya a este propósito por trabajos como el de Álvarez Tejedor, que destaca únicamente las alusiones a la costumbre española de insultar o motejar; entre los motes más usuales, según el testimonio de los gramáticos, se incluyen loco o judío, o moro o necio (véase Álvarez Tejedor 2006: 450).
16Separo estos dos diccionarios de todos los demás por su especial significación para la historia lexicográfica del español, y esto por las razones que se han aducido líneas más arriba: en el caso del Tesoro, por su representación del inicio de la lexicografía monolingüe y por el componente pragmático que distintos estudios han destacado sobre la obra del toledano (véase Ridruejo 2000, Salvador 2006 y Reyre 2006); por su parte, con Autoridades, según se ha señalado, comienza nuestra lexicografía moderna. Existe, además, entre ambas una especial unidad por la referencia explícita que el Tesoro supone para la primera obra académica.
17Un estudio exhaustivo de la injuria en Covarrubias (véase Tabernero 2013b) apunta la importancia de este elemento en el Tesoro, si bien su representación es no verbal antes que verbal, encarnada fundamentalmente en acciones a las que se añaden gestos y signos agraviantes; la entrada de voces injuriosas, calificadas como tales por el autor, en cambio, resulta escasa, en contraste sobre todo con el panorama que las fuentes de cualquier tipología –jurídica, literaria, etc.– presentan respecto a su uso en la sociedad áurea. Por otra parte, algunas de ellas ni siquiera coinciden con las consideradas en el corpus; tan solo se registran en ambas ocasiones cornudo, ladrón o tuerto. De modo asistemático se refiere el uso insultante de vocablos como cesto, gafo, figón, cojo, fulanillo o zutanillo; faltan, sin embargo, otros especialmente frecuentes, de acuerdo con los testimonios de la documentación, y representativos de valores sociales: puta, bellaco, borracho, judío, loco, traidor.
18Para entender esta ausencia se hace necesario recordar el modelo de lengua culta -o mejor, propia de cultivados- que Covarrubias recoge en su obra, y el rechazo a las palabras groseras, explícitamente expresado en la voz cazurras:
De manera que palabras cazurras son las que no se pueden pronunciar sin vergüenza del que las dice y del que las oye, como nombrar el miembro genital de uno y otro sexo y otros vocablos semejantes, que los villanos suelen hacer la salva por este término: «Hablando con perdón de su merced y de sus barbas honradas» (s.v. cazurras).
- 12 Tanto Autoridades como los diccionarios que se citarán en el epígrafe siguiente se han consultado (...)
19Por su parte, Autoridades12 avanza escasamente sobre Covarrubias; este pequeño avance se demuestra antes en el señalamiento de acepciones secundarias que en la marcación de uso de los términos empleados como vituperosos. Entre las voces del corpus, solo se refiere el carácter injurioso de judío, judihuelo y perro, todos ellos destinados al mismo referente, y el de gabacho; del mismo modo que su predecesor, la Academia rechaza por principio las palabras soeces (véase Lázaro 1980: 111).
- 13 En el Vocabulario navarro se registra chismendero ‘cuentista, chismorrero, chismoso’, como propio (...)
- 14 Como ‘bobalicón, ingenuo, infeliz’, uso de la Ribera navarra, lo define Iribarren (VN, s.v.).
- 15 En CORDE, sin embargo, aunque no muy numerosos, se registran concordancias: ocho casos en seis do (...)
20La primera constatación que conviene adelantar es la lematización de la mayoría de los términos extraídos del corpus en gran parte de la historia lexicográfica de la lengua española. Además de la mayoría de las expresiones –los usos con don, doña (don vellaco, don ladrón, don judigüelo, don perro viejo, don garçon, don traydor), gran (gran bellaco, gran ladrona, gran puta) o mal(o), la (mal echa, mal hombre, mala bestia, mala casta, mala embra, mala escogida, mala moça, mala muger), con hijo, ja de (hija de un loco, hija de un clérigo, fija de mala madre, fija mala y de mala madre, hijo de bruxa, hijo de traydor, hijo de perro, hijo de robador, hijo de un rufián, hijo de un lechón, hijo de villano), los sintagmas con el adjetivo probado, o en menor medida público, que califica al sustantivo injurioso (cornudo probado, herege probado, ladrona probada y açotada, puta probada) o expresiones con ojo (ojo de vino) –o cuero (cuero de bino)–, solo unas pocas voces no se incluyen en la macroestructura de los diccionarios revisados. Estas son los dialectalismos campixes ‘hijos bastardos’, chismindero ‘chismoso’13 y pantierno ‘tonto’14; las derivaciones romerana y villanosa y voces como engañamundo, que la lexicografía no registra hasta la edición académica de 1925 con el significado ‘engañador’15, y beamontés ‘Dícese de una antigua facción de Navarra que acaudillaba el condestable D. Luis de Beaumont, y de los individuos de este bando, enemigo del de los agramonteses’, que no aparecerá registrado hasta la edición de la Academia de 1884; de presencia tardía es también el término celestina, recogido por primera vez por Castro, en 1852, como sinónimo de alcahueta; la Academia, sin embargo, no lo incluirá en su diccionario hasta 1899. El resto de las voces forman parte generalmente de todas o casi todas las obras consultadas. Sin embargo, al igual que sucede en el Tesoro y en Autoridades, son escasamente representativas en número las referencias, ya sea en la definición o como marca, al uso ofensivo o injurioso de estos términos.
21Hay voces de las consideradas en el corpus que desaparecen a partir de alguno de los diccionarios: amenguado, que ya Autoridades señala como anticuado en lugar del más moderno menguado, aparece por última vez en 1822; lo conservan, sin embargo, como anticuado Núñez, Salvá y Domínguez; por fin, Zerolo reproducirá la definición académica ‘apocado, ruin, de poco espíritu ó valor’ (NTLLE, s.v.).
22En otros términos se opera un cambio de significado, que implica la desaparición del anteriormente injurioso; este es el caso de charro, que Autoridades define como ‘la persona poco culta, nada pulida, criada en lugar de poca policía’; este diccionario ya añade que “en la Corte, y en otras partes, dan este nombre a qualquier persona de aldea”, lo que da pie al cambio que se aprecia en la definición a partir del Suplemento de 1803: ‘aldeano de tierra de Salamanca’.
23Algunas voces muestran cambios en su consideración de uso: aborrecido se marca como anticuado desde la edición académica de 1780; deja de considerarse de este modo a partir de 1817; apocado ‘el que es vil y de baja condición’, anticuado desde la edición de 1770, aunque no se mantiene la indicación de uso metafórico que presentaba Autoridades. Borrero aparece por primera vez en la edición académica de 1770, como anticuado, y así se mantiene hasta la vigésima, de 1992; en 2001, se cambia anticuado por desus. (desusado). Chocarrero ‘truhán’ se marca como ant. (anticuado) desde la edición académica de 1783; ciuil ‘mezquino, ruin, de baja condición y procederes’ desde 1780 y aciuilado (‘abatido, envilecido’) (o aciuilar) desde 1803, ambos hasta hoy.
- 16 A partir de la edición de 1770, aporrado remite a aporrar y es esta última la que se marca como f (...)
24Otros de estos términos son notados como familiares, según la marca que la Academia usó durante mucho tiempo y que después será sustituida por otras como pop. (popular), col. (coloquial): en el caso de aporrado, que Autoridades ya describía como “término baxo y vulgar”, se constata la marca fam.(familiar) desde la edición de 177016; siguen a la Academia el resto de diccionarios (Núñez, Domínguez, Salvá, Castro, Zerolo, etc.). A partir de la edición de 1989 el DRAE cambia la marca de familiar por la de desus. (desusado). Para borracho Terreros señala que ebrio es palabra más culta y seria –y lo mismo embriagarse respecto de emborracharse–; le sigue en este sentido Domínguez, que ofrece una acepción fam.(iliar) de borracho ‘beodo, bebido, ebrio’. Cagón, cuyo significado injurioso se crea, según Autoridades, por “translación”, se marca como fam(iliar) desde 1869 hasta la vigésima edición; en 2001 la marca se cambia en col.(coloquial). Cesto ‘borracho’, usado según las fuentes lexicográficas en la expresión estar hecho un cesto, se recoge desde Autoridades como frase familiar, sin referencia a la “afrenta” que menciona Covarrubias (s.v.):
- 17 A partir de 1803 en las fuentes lexicográficas se incluye también como familiar (hoy coloquial) l (...)
Por afrenta se dice a uno que es un cesto, por cuanto está vacío del licor de sabiduría y discreción, como hombre incapaz, que lo que oye le entra por un oído y se le sale por el otro, como acontecería si uno quisiese echar agua en cesto, que se toma por cosa perdida y sin provecho 17.
25También la expresión perro viejo es notada como familiar en algunos diccionarios: desde 1843 el DRAE (“expr. met. y fam. que se dice del sumamente cauto, advertido y prevenido por la experiencia’), al que siguen Zerolo y Pagés. La Academia, desde 1791, marca como familiar el uso del adjetivo escaldado, da, con el significado ‘prostituta’.
- 18 Me refiero de este modo al diccionario académico en su edición vigésima tercera.
26Algunas de las acepciones que coinciden con la desviación significativa del uso injurioso se califican de metafóricas, generalmente desde Autoridades: acuchillado, que “metaphoricamente”, según Autoridades, “vale experimentado, práctico y capaz de las cosas que ha visto y tratado”, continúa considerándose así hasta el momento actual, tanto en los diccionarios académicos como en los que no lo son. Cochino, que Autoridades presenta en su acepción metafórica como ‘la persona que es desaliñada, asquerosa o puerca’, pasa desde 1884 a marcarse como fig.(figurado) y fam. (familiar) –hoy solo col. (coloquial)–; la misma indicación de significado metafórico, que cambia posteriormente a figurado, se observa en cornudo, con la única excepción del diccionario de Domínguez, que hace referencia al uso insultante: “Palabra con que se moteja al esposo cuya mujer le ha faltado a la fidelidad conyugal’ (s.v.). Lechón se constata desde Autoridades con la acepción ‘hombre sucio y desaseado en el vestir o en el comer’ como metafórica (“por semejanza”) y así se mantiene en la lexicografía hasta la edición académica de 1884 en que se le añade la marca familiar, que continúa en todos los diccionarios consultados hasta hoy –en DRAE2318 como coloquial–. Bestia se apunta como figurado desde Autoridades (“Figuradamente se llama el hombre rudo, ignorante, basto, que sabe poco, y que en sus operaciones y manéra de vivir es semejante à los brutos”) y como metafórico perdura hasta hoy en toda la tradición lexicográfica, lo mismo que asno, metafórico desde 1770: ‘la persona muy ruda y de muy poco entendimiento’.
- 19 La dirección contraria se observa en hechicera, en la que desde la edición académica de 1803 se a (...)
- 20 Esta acepción sigue conservándose hoy. La connotación social negativa del hereje origina expresio (...)
- 21 Pagés explicita el origen de esta desviación del siguiente modo: “Sucio, cochino, tanto en el sen (...)
27En algunas de estas voces, en época más tardía, las fuentes lexicográficas atestiguan significados que han creado nuevas acepciones a partir de los usos injuriosos19. Tal es el caso de hereje para el que los diccionarios de Alemany y Rodríguez añaden al significado recto otro figurado, que marcan como familiar, y que definen sinomímicamente como ‘descarado, desvergonzado, atrevido, procaz’; posteriormente, la Academia incluirá esta misma acepción a partir de la edición de 192520. También puerco, ca, presenta desde Autoridades el uso traslaticio por el que “vale grossero, sin policia, cortesia ni crianza’; la propia Academia añade desde 1869, seguida por Zerolo, Toro y Gómez, la acepción metafórica, según estas obras de uso familiar, ‘ruin, interesado, venal’21. También se incluye en este grupo ganapán, que desde el diccionario académico de 1884 añade una acepción fig.(figurada) y fam.(iliar) como ‘hombre rudo y tosco’, hediondo, que a la acepción primera ‘lo que huele muy mal’, desde Autoridades hasta hoy, se añade la metafórica ‘se llama al hombre enfadoso, mal sufrido e impertinente’ (Autoridades, s.v.); judío, desde la edición académica de 1884, que luego seguirán Zerlo, Toro, Pagés y Alemany, incluye la acepción figurada ‘avaro, usurero’; la Academia suprime esta acepción en 1970. Loco ya desde Autoridades –y hasta hoy– es por semejanza ‘el sugeto de poco juicio y asiento, disparatado e imprudente’. Renegado se aplica, desde la edición académica de 1884, de forma figurada y familiar, ‘al hombre desesperado de condición y maldiciente’; rufián es desde la edición de 1832 ‘hombre sin honor, despreciable’, a la que sigue el resto de diccionarios no académicos como el de Domínguez, ‘hombre sin honor, vil, bajo, despreciable por sus indignas obras, etc.’. Junto a estas voces han de citarse bellaco, villano, puta.
28Entre los términos que en algún momento han recibido la calificación de afrentosos o injuriosos, se incluyen los que se indican a continuación.
29Mención aparte sobre el resto de voces merece gabacho, que, según se ha dicho al hablar de Autoridades, la Academia (s.v.) definió como
voz de desprecio con que se moteja a los naturales de los pueblos que están a las faldas de los Pirineos entre el río llamado Gaba, porque en ciertos tiempos del año vienen al Reino de Aragón y otras partes, donde se ocupan y exercitan los ministerios mas baxos y humildes;
- 22 Con el cambio de familiar por coloquial.
en 1780 se suprime la indicación de uso y origen y se deja únicamente la definición ‘soez, asqueroso, sucio, puerco y ruin’ y en 1803 a los sinónimos definidores se añade una indicación de uso: “En el estilo familiar y baxo se aplica a qualquier francés”, que con ligeras variantes, como la supresión de “estilo baxo”, quedando únicamente familiar, mantendrá la lexicografía académica y no académica hasta que la institución introduzca en 1925 la marca despect. (despectivo), al lado de familiar, al significado ‘francés’, y de este modo se mantiene hasta hoy22.
30Además de la indicación de uso que, según hemos visto más arriba, Domínguez incluye para cornudo, la voz perro es otra de las que permanece en algunos diccionarios como término afrentoso. Comienza con esta indicación Autoridades (“Metaphoricamente se da este nombre por ignominia, afrenta y desprecio, especialmente a los moros o judios”), que con ligeras modificaciones se mantiene hasta 1970; a partir de 1984 se define tal como se lee hoy: “Nombre que las gentes de ciertas religiones daban a las de otras por afrenta y desprecio”, donde se constata la antigüedad del uso. Observan la definición académica primera Domínguez (s.v. perro)
fig. ‘Nombre que se da por ignominia, afrenta y desprecio, especialmente a los moros y judíos: por supuesto entre la gente fanática e ignorante, escoria o hez de la sociedad, y oprobio de la Ilustración. En tal sentido se usa tambien como adjetivo. V. g. Perro moro, perro judío, etc.
y Gaspar y Roig (‘Nombre que antiguamente daban los fanáticos, por ignominia, afrenta y desprecio a los Moros y Judíos’), ambas altamente valorativas. Judío, en cambio, deja de ser la “voz de desprecio y injuriosa que se usa en casos de enojo o ira” de Autoridades, que sigue toda la lexicografía excepto Terreros, a partir de la edición de 1884 en la Academia; sin embargo, algunos diccionarios, como el de Rodríguez, siguen apuntando incluso uso sociocultural: “voz injuriosa que suele usar el vulgo” (s.v.). Especialmente vehemente en su definición se muestra Domínguez (s.v.), como conviene al tono de su diccionario:
Voz injuriosa, depresiva, despreciativa que se suelta como epíteto infamante en momentos de cólera y enojo, denostando a cualquier individuo por mal cristiano, ruin, miserable o cosa parecida; ni mas ni menos que por costumbre análoga y en alusiones soberamente necias, se suele decir: perro, turco, moro, hereje, y otras lindezas.
31Para la voz marrano el uso despectivo solo se anota a partir de la edición académica de 1936 (“aplicábase como despectivo a los judíos), que se mantiene hasta hoy -despect. Se decía del converso que judaizaba ocultamente (DRAE23, s.v.).
- 23 Domínguez y Gaspar modifican la indicación académica del siguiente modo: “Expresión que se usa má (...)
32Sobre hijo de puta únicamente se indica su uso como “expresión injuriosa y de desprecio” a partir de la edición académica de 1803, a la que siguen los diccionarios posteriores23; anteriormente Autoridades ofrecía únicamente el significado referencial. Majadero, que en Autoridades era “injuria” para dirigirse al hombre “necio, pesado y porfiado”, deja de serlo desde la edición de 1780.
- 24 Otras ediciones y la lexicografía no académica emplean la expresión “por desprecio” o “por censur (...)
33En la voz mocoso, desde Autoridades se hace referencia al desprecio que este término supone dirigido a otro (“Se usa tambien para notar a alguno de poco advertido u experimentado, tratándole de niño, despreciándo lo que hace u dice”)24 hasta que en la vigésima segunda edición se incluye la marca despect. (despectivo) y se dejan las definiciones como “dicho de un niño: atrevido y malmandado” o “dicho de un mozo: poco experimentado o advertido”.
34Entre 1770 y 1869 la Academia define bagasa como ‘nombre injurioso que se daba a las mujeres perdidas’; desde aquel momento se marca como anticuada hasta 1992; en 2001 pasa a ser poco usada.
35Sobre villano merece la pena destacar el comentario de Domínguez (NTLLE, s.v.), que dice:
Aplicase al vecino o habitador del estado llano en alguna villa o aldea, a distincion del noble o hidalgo. Sin embargo esta voz ha caducado como ofensiva, y propia mas bien de los tiempos del feudalismo, especialmente desde que las instituciones liberales han hecho cundir la ilustracion bastante para despreciar las rancias preocupaciones de la aristocracia de nacimiento.
36Por último, se han revisado los términos del corpus en el DEA como obra representativa de la incorporación de indicaciones pragmáticas sobre las voces lematizadas.
- 25 En la Academia hoy: ‘De poco ánimo o espíritu’ y ‘vil o de baja condición’.
37Aunque la mayoría de las palabras del corpus están presentes en el diccionario de Seco, también es cierto que se eliminan en él algunos lemas que la lexicografía ha tratado como anticuados desde el siglo xix; es el caso de aborrecido. En esta obra se prescinde, asimismo, de significados característicos de épocas pasadas, como los propios de amenguado o de apasionados, y actualiza otros como el de apocado ‘persona porco atrevida o que se muestra cohibida’, que se deshace de este modo de la connotación negativa de definiciones precedentes25.
- 26 Sin embargo, se lematiza más adelante hijoputa, hijaputa y se marca únicamente como vulgar, equiv (...)
- 27 Se incluye un segundo lema marrano2, –na, que se marca como histórico en el significado ‘judío co (...)
38Son escasos los términos en los que se realiza indicación expresa sobre el uso insultante –que ya no injurioso–: bruja (3. ‘Mujer malvada. A veces usado como insulto’), hijo de puta (Pers. de mala intención. Frec. se usan como simple insulto o expresión de desprecio)26, marrano27, que se marca como coloquial (2 (col) Pers. sucia. En sent físico o moral. Tab adj. frec usado como insulto), puto, ta (m y f 5 Prostituto. Normalmente referido a mujeres. b) Más o menos vacío de significado, se usa frec como insulto, esp dirigido a mujeres. Tab adj.).
39En algunos casos estas voces se tratan como términos despectivos y se aclara su uso frecuente como insulto: mocoso -2 (desp) [Muchacho joven] atrevido e inmaduro. Usado frec como insulto-, tiñoso -(col, desp) [Pers.] sucia y miserable. Tab n. A veces, más o menos vacío de significado, se emplea como insulto.
40En otras ocasiones algunos de estos términos se marcan como coloquiales: cochino –1 col ‘sucio’–, cornudo –(col) [Marido] cuya mujer le es infiel-, hereje –2 (col) Persona irreverente y descreída–, judío –2 (col) [Pers.] avara o usurera, majaderos– (col) [Pers.] tonta o necia–, bestia –2 (col) Pers. bruta o bárbara. Tb. enfático, mala , o parda, y adj. 5 (col) Bruto o bárbaro. Tb n, referido a pers.–; parlero -parlero (col) Hablador o charlatán-, perro, que ya no registra el significado más usual en el Siglo de Oro –(col) 15 Persona despreciable. 16 Pers. vaga u holgazana. Tab adj.
41Otros, sin embargo, son hoy literarios, en opinión del DEA: desventurado –adj (lit) 1 Desgraciado o desdichado. Referido a pers, tb n y frec con intención conmiserativa–, asno –3 (lit) Pers. torpe o ignorante–, necio –adj (lit) [Pers.] tonta o de poco seso–, bellaco –adj. lit. Bribón. Frec. en la constru mentir como un– e incluso algunos se consideran regionalismos: malcarado –(reg) Malencarado.
42La constatación de la mayoría de las voces del corpus en las obras lexicográficas del español contrasta con los resultados obtenidos por otros estudios (véase Colin 2003) para la época actual. Esta diferencia aconseja la conveniencia de establecer la distinción a la que me refería al comienzo de este trabajo entre insultos y palabras groseras en virtud de su fución pragmática y discursiva. Las llamadas palabrotas o juramentos, que se intercalan en el discurso, sin función apelativa, son aquellas que los diccionarios generales no incluyen por considerarlas propias de lenguajes como el caló o la germanía. En cambio, sí se incluyen las voces, desemantizadas o no, que pueden emplearse como insultos o injurias.
43El estudio presentado permite concluir, sin embargo, como ya se ha dicho, la escasa referencia generalizada al empleo injurioso de estas voces; cuando aparece la indicación, esta se produce, casi sin solución de continuidad, desde los comienzos de la lexicografía moderna – Covarrubias constituye un caso aparte– hasta el momento actual.
44En este sentido, el diccionario de Seco, de acuerdo con los criterios de elaboración de la obra, representa un paso importante sobre la utilización, en este caso insultante, de los términos. Ahora bien, dada la naturaleza pragmática del insulto, no se encuentra, en la medida en que sería esperable, indicación sobre todos los usos injuriosos posibles; dicho de otro modo, no parece que exista sistematicidad en la selección de aquellos vocablos en los que se refiere el uso (tiñoso) frente a otros en que no se hace (majadero).
45En el diccionario de Seco como en el resto de obras consultadas, es común encontrar estas voces con la marca familiar o coloquial, según la cronología del diccionario, en una utilización de las condiciones de uso que puede coincidir con la mayoría de las situaciones en que se produce el insulto. Se cruzan igualmente los usos injuriosos con la marca que indica empleo despectivo.
46Por su parte, las voces que sí se indican como insultantes o injuriosas comprueban la validez de los diccionarios como reflejo de costumbres sociales y hechos históricos. En efecto, precisamente la historia lexicográfica en este sentido de perro, gabacho, judío o marrano lleva a pensar en la trascendencia social de las realidades que refieren, lo que incrementaría la frecuencia de estas voces y, por tanto, su evolución semántica.
47De hecho, los diccionarios marcan con frecuencia el uso figurado o metafórico de las acepciones en las que pueden emplearse determinadas voces insultantes.